‘Los católicos tenemos mucho que aprender del budismo’

ENTREVISTA | JOSÉ MARÍA DÍEZ-ALEGRÍA elmundo.gif

Ésta es una de las últimas reflexiones del autor de “¡Yo creo en la esperanza…!” (1972), el libro que provocó su salida de la Compañía de Jesús. Vendió 200.000 ejemplares y fue un escándalo por sus críticas a la Iglesia oficial. En plena elección del nuevo superior de los jesuitas, Magazine habla con uno de los pensadores más polémicos que ha dado la orden. A sus 97 años, sigue insistiendo en las contradicciones entre el mensaje de Jesús y la propia Iglesia

 

Por BALTASAR MAGRO.

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Católico reformista, teólogo, doctor en Filosofía y Derecho, hermano de dos tenientes generales de la época de Franco que llegaron a lo más alto en la cúpula militar, Díez-Alegría (Gijón, ?9??) es desde hace cuatro décadas un ex jesuita que convive con jesuitas. Un personaje polémico, nada convencional en el seno de una Iglesia a la que siempre ha querido estar vinculado.

Le he encontrado en Alcalá de Henares [pocas semanas antes de que los jesuitas elijan a su nuevo superior general, el denominado «Papa Negro»], en una residencia para jesuitas ancianos situada dentro del complejo de San Ignacio de Loyola, un inmenso edificio de ladrillos rojos con insignificante atractivo arquitectónico y con pocos y escuálidos árboles a su alrededor. Díez-Alegría aparece por el amplio y reluciente recibidor de la residencia, de una austeridad en la decoración que fatiga, ayudado por una especie de tacataca. «Ahora, éstas son mis piernas», me dice sonriente. Las tiene muy deformadas por la artrosis. La delgadez de todo su cuerpo es extrema, aunque nada parece reducir su buen humor y vitalidad, la energía a la hora de exponer sus ideas y de disfrutar con la conversación. Me acompaña hasta una pequeña salita y allí se acomoda, con mucha dificultad, en una butaca evitando la luz directa del sol. Apenas puedo ver sus ojos azules, miopes, detrás de los gruesos cristales alojados en una montura excesiva que empequeñece, aún más, su arrugado rostro.

A finales de los 50, el padre Díez-Alegría daba clases de Ética en este mismo edificio de Alcalá de Henares. Por entonces, había regresado de un viaje de estudios por Alemania, un semestre sabático después de ser destituido como rector de otro centro porque su estilo abierto, tolerante, compresivo no agradaba a las altas instancias de la orden.

P. ¿Es cierto que en sus clases denunciaba la explotación de los obreros e, incluso, la de los trabajadores que tenía la Compañía?

R.Pues sí, es cierto. Y es más, fíjese, una vez fui a dar una charla a la calle Serrano, donde estaba la casa profesa, la principal de los jesuitas. Allí se organizaban sesiones de casos de conciencia para ayudar a los sacerdotes que confesaban. Me pregunté de qué podía hablarles, como profesor de Ética, a ellos que trataban a gente normal de la burguesía. Yo, por entonces, me había hecho crítico del capitalismo real y puse como título de la conferencia Los católicos españoles y el problema del salario. Y les dije que la legislación era muy tímida para la defensa de los trabajadores, insuficiente, pero que los patronos ni siquiera cumplían esos mínimos. Allí indiqué, porque era lógico ya que estaba hablando en una casa de la Compañía de Jesús, que la misma situación se producía en España con las entidades religiosas y sus propios trabajadores, ya que no recibían los salarios necesarios para facilitarles una vida con dignidad. Y me pronuncié de la misma manera en muchas ocasiones…

P. ¿Y, de nuevo, volvieron a aplicarle aquello de promoveatur ut removeatur, que dicen ustedes, promoverle para quitárselo de en medio?

R. Bueno, no sé bien lo que ocurrió. Lo cierto es que en Roma había un Instituto de Ciencias Sociales y necesitaban a alguien que diera un curso de Doctrina Social de la Iglesia. Algunos propusieron mi nombre y los jesuitas españoles de la época, allí en Roma, menos un par de ellos, eran tremendamente franquistas y me rechazaron porque decían que yo tenía unas ideas raras. Para colmo me invitaron, por aquellas fechas, a dar una conferencia en el colegio Español en Roma pidiéndome que hablase sobre la situación religiosa en nuestro país. Procuré que la conferencia fuera medidísima, pero tuve que ser crítico, como es normal, con las condiciones existentes. Se armó un lío tremendo. El rector de la Universidad Gregoriana, un ecuatoriano que llegó a ser cardenal, me llamó. Le reconocí que había sido arriesgado hablar así, como lo hice, pero que haberme callado por prudencia hubiera sido pecado mortal. Finalmente, un padre francés que era el delegado de la orden en Italia me dijo que había leído todos mis artículos, ante las críticas que le habían manifestado contra mi persona, concluyendo que el curso de Doctrina Social de la Iglesia era como el destino natural para mí. Así que, finalmente, me fui a Roma y tuve la oportunidad de asistir al concilio Vaticano II en alguna subcomisión, no es que tomara parte en el mismo, pero había muchos profesores de la Gregoriana que eran peritos conciliares y, por lo tanto, puedo decir que estuve en el concilio en entrada de barrera. Por supuesto, trabajé en favor de la libertad religiosa.

P. ¿Se considera, de alguna manera, seguidor o discípulo de la renovación teológica que se produjo en el Vaticano II?

R. Sí. El concilio fue muy importante, un avance, un mérito tremendo de Juan XXIII. Luego, Pablo VI, que estimaba muy sinceramente a su predecesor y aceptaba lo que había hecho, comenzó a asustarse. Creo que se puede decir que no tenía la misma libertad de espíritu de Juan XXIII y, además, tenía psicología de intelectual, es decir, de hombre que duda de sí mismo. Luego, hubo sitios donde el Vaticano II fue aceptado con enorme entusiasmo, como un punto de partida para seguir aumentando rápidamente las aperturas. Pablo VI se alarmó, por lo que impuso mayor moderación. Naturalmente, al final del concilio, hubo dos posturas. La de que había que aceptar ese concilio, pero era lo máximo a lo que se podía llegar y debía interpretarse en un sentido más bien restrictivo. Y otra, que era enorme lo que había hecho, pero que por las circunstancias mismas, se había quedado a medio camino.

P. ¿Y hoy, dónde estamos?

R. Hoy ha triunfado la de que hay que ir, más bien, hacia atrás.

P. ¿Por qué decidió, cuando tenía 70 años, dar testimonio público de su fe con el libro ¡Yo creo en la esperanza…!?

R. Porque caí enfermo y pensaron que tenía una esclerosis por placas, lo que suponía mi muerte en pocas semanas. Así que me dediqué a hacer, por cuenta propia, unos ejercicios espirituales como estos de san Ignacio, para ponerme con plena disponibilidad en manos de Dios, sin condiciones, para lo que quiera Dios. Es lo que se llama indiferencia ignaciana. Acepté la muerte con paz y tranquilidad. Finalmente, lo que descubrieron era una lesión congénita vertebral que fue solucionada con dos operaciones. Durante la convalecencia, la editorial Desclée Brouwer me propuso escribir un libro. Y pensé que tenía algunas críticas hacia la Iglesia y las decía, pero sin atreverme a hablar claramente porque ciertas cosas no se pueden decir, pero como había llegado a aceptar la muerte, con mucha sinceridad, decidí escribir entonces con toda claridad y señalar las contradicciones que hay entre Jesús y la propia Iglesia.

P. ¿Por qué no se ha desligado de la Iglesia Católica Romana después de fustigarla con sus críticas diciendo que ha caído en la tentación de la riqueza o del poder, que Jesús no cree en el Vaticano?

R. No, no, nunca… [largo silencio]. ¿Y por qué me he mantenido dentro de ella? Gracias a la Iglesia, yo he conocido a Jesucristo. Si no hubiera Iglesia, yo no habría llegado a Jesucristo.

P. ¿A pesar de sus imperfecciones?

R. Todas lo son. Pensar que la Iglesia Católica Romana es perfecta, eso nunca lo ha pensado nadie; es pecadora. Pero las otras también, todas somos seguidoras de Cristo, sinceras, pero deficientes. Y, por tanto, entre nosotros, para empezar, en vez de estar a la greña, tendríamos que sentirnos hermanos y todos pecadores, diríamos. Y las religiones orientales, que ahora están muy en boga, el budismo, el hinduismo o el sintoísmo, algo se dirigen al misterio de Dios. De modo, que tampoco las debemos ignorar. Bueno, cuando se convierten en patochadas… Pero, por ejemplo, del budismo tenemos que aprender mucho los católicos, y yo diría, precisamente, que la jerarquía…

P. ¿Por qué?

R. Porque la jerarquía ama en exceso su propio poder. En cambio, el budismo lucha contra el deseo afanoso. Y, sobre todo, eso es claro, contra el deseo de dinero.

P. ¿Y a qué esperanza se refería en el título de su obra más conocida?

R. Un jesuita, muy amigo mío, que también está ya retirado y jubilado, se llama José Gómez Cafarena, acaba de publicar un inmenso tomo sobre filosofía de la religión cuyo título es El enigma y el misterio. Y lo que viene a decir es que la realidad es un auténtico enigma y, de alguna manera, la religión apunta una solución, pero esa solución es un misterio. Desde otro punto de vista se puede decir así: una fe auténticamente religiosa, y valiosa, es razonable y deja una serie de interrogantes; y, en cambio, la adhesión ciega a una idea, eso es fanatismo. Y una fe auténtica es completamente ajena y contraria al fanatismo. Yo estoy convencido de que Dios está detrás de todo y es un Amor inefable, pero es, en cierto modo, incomprensible, ¿no?

P. ¿Y la esperanza es, tal vez, que el misterio se resolverá tras la muerte?

R. Claro, aquí no lo vemos, la esperanza está en la resurrección…

P. En ese libro es como si descubriera a Marx, y Marx le llevara a Jesús, pero no dice nada del materialismo o de la violencia implícita de la lucha de clases que surgen de los postulados marxistas.

R. En la filosofía escolástica que estudié a fondo se abordaba el problema ético de la propiedad privada. Santo Tomás de Aquino dice que la propiedad no es de derecho natural, sino de gentes. Pero, sin embargo, los teólogos conservadores en el siglo XX negaban el análisis de santo Tomás. A mí, eso no me convencía…

P. ¿Y fue Marx quien se lo resolvió?

R. Bueno, yo llegué a la conclusión con una tesina, en los estudios eclesiásticos que Pío XI había modernizado, de que la propiedad capitalista no es de derecho natural, que podría haber una sociedad donde se admitiera la propiedad privada, incluso de capital, pero no grandes concentraciones en manos privadas. Y lo sigo pensando…

P. ¿Y asume todos los postulados marxistas?

R. Yo siempre me he opuesto al materialismo y la violencia, por supuesto. Pero hay que tener en cuenta que el comunismo que existió venía de Marx y Engels, ellos hicieron el manifiesto comunista, pero hay bastante diferencia entre los dos. Yo no soy un especialista en Marx, pero creo que esto que voy a decirle es aproximadamente verdad: fundamentalmente, Marx es un talento tremendo, analítico; y, por lo tanto, lo que hace es un análisis crítico del capitalismo que él contempla. Y hay mucha gente, no marxista, que piensa que la crítica es acertada. Engels añade otras cosas del orden constructivo, pero además el partido que se formó en Rusia fue marxista-leninista. Y Lenin era totalitario, pensaba que con una autoridad impositiva se lograrían los objetivos políticos. Aunque la sociedad de los zares tampoco era democrática. De modo que Rusia ha tenido muy poca democracia…

P. Usted dice en sus escritos que la religión hay que vivirla en clave ético-profética. ¿Qué significa?

R. Claro, como Jesús. La justicia, la verdadera justicia, para todos, pero empezando por los más injustamente tratados.

P. Le voy a recordar a otro jesuita: Ignacio Ellacuría, rector de la universidad centroamericana, que fue asesinado en ?989 en El Salvador por grupos paramilitares. Él afirmaba que había que revertir la Historia para superar el egoísmo…

R. ¡Eso es Jesús! Miré, yo he seguido a lo largo de mi vida, y mucho más en los últimos años, los esfuerzos de muchos creyentes sinceros por tratar de acercarse al Jesús histórico, diríamos. Y efectivamente todos están de acuerdo en que no se puede reconstruir al cien por cien la biografía de Jesús. ¿Por qué? Porque los textos del Nuevo Testamento y otros textos contemporáneos de su época, incluso los apócrifos, no son nunca textos históricos, sino religiosos, de gente convencida, pero los evangelios nos dan un conjunto de datos sobre Jesús que ningún personaje de la Antigüedad tiene, ¿verdad? Y, por lo tanto, en los mismos evangelios, sobre todo en los tres sinópticos de Marcos, Mateo y Lucas, tenemos allí palabras que están muy cercanas a las palabras de Jesús, aunque él hablara en arameo. Y Jesús, precisamente, está en la misma línea que todos los profetas de Israel en el Antiguo Testamento: «Si vosotros no hacéis Justicia al extranjero, al huérfano o a la viuda, toda vuestra religiosidad no me sirve de nada y a Dios le da asco». ¡Y, por esa razón, matan a Jesús!

P. Usted no cumplió el voto de obediencia al publicar sin autorización y permiso el libro ¡Yo creo en la esperanza…! Y es un ex jesuita que vive con jesuitas, que goza de esa excepción porque se la concedió el padre Arrupe, que fue general de la Compañía. ¿Sus hermanos alguna vez se lo han echado en cara?

R. Aquí sigo y he vivido con ellos con la misma amistad. Por cortesía no han dicho nada, pero yo sé que hay gente que no se conforma conmigo. Yo con el libro lo que hice fue aplicar la doctrina de la objeción de conciencia.

P. ¿Ha resuelto ya, a la altura de su vida, todas las preguntas?

R. ¡No, no…! La religión, de alguna manera, nos da respuesta en esperanza al enigma, pero es una respuesta misteriosa, que yo creo que después de la muerte llegaremos a ver con claridad. Para penetrar inteligiblemente en la realidad, nosotros tenemos que utilizar ciertos mecanismos mentales. Kant, aunque yo no sea muy kantiano sin ser antikantiano, dice que lo que nosotros conocemos intelectualmente son fenómenos, apariencias; es la realidad revestida de unas ciertas formas mentales de espacio, de tiempo, de ciertos principios orientadores… Y que la realidad en sí, que él llama noúmeno, no la podemos alcanzar. La metemos en una especie de corsé mental.

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